jueves, 21 de abril de 2011

Irteasí

Aunque sin demasiadas ganas, aún sin saber por qué, seguíacorriendo, sedeslizabaalolargodelcamino, ya sin aliento. Pero probablemente ni sabiendo lo hubiera hecho con más vigor, sería esegocedehacerporhacer, sin porqués, lo que lo impulsaba.

O el temblor del jarro en la hornalla, el teléfono, la humedad de los azulejos grasientos y podría hablar con el señor o la señora de la casa, por favor, las tostadas nuevamente quemadas por un abono de tan sólo $129,99, las tostadas, ella y su voz gastada y si contrata nuestro servicio este mes recibirá también la alarma a las seis y media, levantate Oscar, el calor pegajoso del subterráneo en esta promoción única y sólo por tratarse de usted pisar la misma baldosa floja, la misma mancha gris en el mismo pantalón negro.

El implacable calor, el polvo del caminointerminable, el sudordeslizándoseporsuespalda. Correr sin saber por cuánto tiempo o hacia dónde, pero porlomenos con laseguridaddelmovimiento.

No, siempre en el sillón, mínimamente me podrías dar las gracias, yo como una esclava, día y noche bife con ensalada mixta y los chicos ida y vuelta a la escuela, no sé qué te pensás y encima la reunión de padres porque si viste el noticiero de las 7, a mí también me encantaría ver el noticiero pero el cuaderno de comunicados y un mapa de Argentina con división política Nº3, mañana nublado máxima 34, mínima 28 grados, sacar a pasear el perro para que pille a la vecina cómo le va y aquí andamos, pero qué calor.

¿Cuándo había empezado esta carrera? No lo sabía, pero tenía la vaga sensación de que hacíayaalgúntiempo. Contra todos los pronósticos, no había necesitado, querido o podido detenerse.

Yonoentiendo, vosquétepensas, irteasí, si a vos noteimportanada, si sos un desconsideradoinútilconvenido, ya lo decía mi madre.

En el momento menos esperado, incluso en el más inoportuno, había sentido una vez más la imperiosa necesidad de salir corriendo.

HistéricaInfelizdesgraciadoLoca.Quéejemploparalosniños, alpsiquiatrastendríasqueir, pobressantos, lascosasqueescuchan y mimadrequeenpazdescanse, silateníaclaralavieja.

Pero esta vez, a diferencia de otras, lo había hecho.

EsquesiyohubierasabidoalláenlainocenciadelosveinteañosqueibaaterminarcomolatíaMónica. Sihubierasabido.

La consoladora seguridad del caminodeslizándosebajosuspies, extraña pero deliciosa calma. El cansancio que embotaba su cuerpo y sus sentidos sumía todo pensamiento en una profunda niebla. Y allí, confuso y distante, todo lo que alguna vez le había importado o preocupado parecía súbitamentetanlejano.

Aquellas ganas infernales de salir corriendo y que elbifeconensaladaquetelohagaMagoya. Sin tostadasquemadas ni calorpegajosodelsubterráneo, ni mapadeargentinacondivisiónpolíticaNº3, pero conelsilencio. Hasta los azulejos grasientos saben estar callados a veces.


De repente, vivir era deslizarsesiempreunpocomáslejos.

martes, 21 de julio de 2009

Descubierto

"Lo que más me reconcilia con mi propia muerte es la imagen de un lugar: un lugar en el que tus huesos y los míos sean sepultados, tirados, desenterrados juntos. Allí estarán desperdigados en confuso desorden. Una de tus costillas reposa contra mi cráneo. Un metacarpio de mi mano izquierda yace dentro de tu pelvis. (Como una flor, recostado en mis costillas rotas, tu pecho.) Los cientos de huesos de nuestros pies, esparcidos como la grava. No deja de ser extraño que esta imagen de nuestra proximidad, que no representa sino mero fosfato de calcio, me confiera un sentimiento de paz. Pero así es. Contigo puedo imaginar un lugar en donde ser fosfato de calcio es suficiente."

en "Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos", de John Berger

domingo, 30 de noviembre de 2008

El cuerpo de las palabras

El cuerpo de las palabras- Ensayo. Trabajo Final

"Le langage est une peau: je frotte mon langage contre l'autre. C'est comme si j'avais des mots en guise de doigts, ou des doigts au bout de mes mots. Mon langage tremble de désir."

“A linguagem é uma pele: esfrego minha linguagem no outro. É como se eu tivesse palavras em vez de dedos, ou dedos na ponta das palavras. Minha linguagem treme de desejo.”

“Language is a skin: I rub my language against the other. It is as if I had words instead of fingers, or fingers at the tip of my words. My language trembles with desire.”

"El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo.”
Roland Barthes, “Fragmentos de un discurso amoroso”

Las palabras tienen algo mágico, dibujan y atraviesan los objetos, los crean al darles nombre. Nombrar y crear; es que en algún punto, las cosas existen por el sólo hecho de que podamos darles nombre, y si es así, es la lengua la que traza las fronteras de nuestro mundo, es la que dibuja el límite dentro del cual se desenvuelve nuestra experiencia. Nombrar, crear, limitar.
A veces, aprendiendo una lengua extranjera, tenemos la posibilidad de atisbar esto por un momento; encontramos que de golpe una palabra ajena, foránea perfila, inventa, en un mismo movimiento, una sensación, un elemento que hasta ese momento nunca habíamos podido poner en palabras. O al contrario, encontramos que aquello que buscamos capturar con el lenguaje ha quedado por fuera de las fronteras de ese nuevo idioma. ¿De qué manera nos limita y qué puertas abre el internarse en los caminos de una nueva lengua?
Nos inscribimos en un curso de idiomas, imaginando vagamente que allí adquiriremos una destreza instrumental, como quien aprende a sumar o a separar en sílabas, que nos apropiaremos de una herramienta como cualquier otra, nuestra, nuestra, a nuestro servicio. No entendemos, no alcanzamos a imaginar el poder de las palabras, es que quizás es imposible servirse de ellas, nos trascienden, nos atraviesan, nos impregnan de otros mundos y otras tierras y otros ruidos y otras percepciones y otros, otros, otros. ¿Las palabras son nuestras?
Las palabras dibujan, localizan, demarcan, delimitan al mundo pero lo hacen desde una perspectiva, desde una mirada que es local, que es de alguien, de un tiempo, un espacio, cierta gente. Y esa zona, sus climas, sus colores, sus sabores, su paisaje, su música penetran, se infiltran profundamente y de distintas maneras en los sonidos, la cadencia de un idioma. Cada lengua con su ritmo; el portugués, por ejemplo y sus vocales y vocales y ese shhhh, ese chhhh, como de lluvia (olha como a chuva cai e molha a folha aquí na telha, faz um som assim, assim), con su nasalidad africana (feijão, melão, pinhão, mamão), con sus s y z vibrantes, sus erres roncas (como a aranha arranha a rã?).
Pero las palabras no son solamente sonidos, también hay escritura, intrincados dibujos en el papel, jeroglíficos con una lógica que aprendemos a descifrar y así leemos, descubrimos lo palpable y lo impalpable en esos signos a primera vista tan bobos. Y es que en el fondo, lo que hay en el aprendizaje de una lengua es siempre eso: pasar de escuchar un concierto de ruidos, o ver dibujos enmarañados que miramos como quien mira un paisaje o, mejor, un raro insecto, a encontrar sentidos. Aprender un idioma es aprender a desenredar sentidos engarzados en esos dibujos y sonidos, a interpretar esas palabras que le dan sentido a un mundo que nos da sentido.
Pero el sentido emerge desde alguna parte. Una tierra, una cultura que habla y es hablada con palabras. Unas palabras que hablan a través del tamiz de una cultura y una tierra.
A saudade brasileira, por ejemplo, es según un diccionario español-portugués, nostalgia o añoranza, lembrança nostálgica e, ao mesmo tempo, suave, de pessoas ou coisas distantes ou extintas. Pero no, nuestra nostalgia tiene gusto a tango o a tarde de lluvia, nuestra nostalgia es triste y de bandoneón, la saudade brasileira es otra cosa. O samba é pai do prazer, o samba é filho da dor, a saudade se canta, pero con alegría y en esa transformación del dolor en placer (o grande poder transformador) a saudade definitivamente no es nostalgia, sino alguna otra cosa que no hay cómo circunscribir en castellano. Las palabras y los límites.
El inglés, por su parte sufre (o goza) de una fijación por las onomatopeyas, las palabras imitan constantemente sonidos del mundo real y concreto. The phone rings, the cars crash, a knock at the door, a slap in the face, to boo, to crack, to clap, to spank, to bang, to splash, to squeezze, to cough (en el fondo es tan common sense, so English). Por detrás de esto, una forma (otra) de relacionarse con las cosas y en el mundo. Porque cough (caf- caf) y tos, aunque en principio hagan referencia a la misma cosa, no son exactamente lo mismo (¿habrá alguna diferencia entre las toses europeas y las nuestras?).
Pero creo que es en el terreno de las expresiones idiomáticas donde más se hacen presentes estas diferencias culturales, climáticas y hasta alimentarias. Si algo no nos interesa, en inglés diremos it’s not my cup of tea. Um brasileiro, en cambio, afirmará não é minha praia. El português se tiñe de monos, ananás, bananas, mar y playas. Se fala então de embananar; cada macaco no seu galho; descascar o abacaxi; boca de siri; filho de peixe, peixinho é. Inglaterra y su cambiante clima, de lluvia y de niebla generan resonancias muy distintas: rain or shine, to rain cats and dogs, as right as rain, the foggiest idea, to be in a fog, it never rains but it pours, to rain on someone’s parade, to take a rain check, to save something for a rainy day or to feel under the weather.
La esfera de los sentimientos es especialmente interesante. Una canción de amor, traducida de un idioma a otro, ya no es la misma. Y es que las palabras, al hablar de los sentimientos, se ven contaminadas como nunca por imágenes, aromas, experiencias, recuerdos, deseos y suenan especialmente íntimas. Las que nos llegan desde otras tierras traen nuevos ecos, no nos relacionamos con ellas de la misma manera que con su equivalente en castellano, profundamente imbricado en nuestra historia personal. Así ocurre que a veces, las frases de amor en otro idioma parecen más reales o distantes del lugar común, quizás al ser menos familiares, más lejanas. O puede que sea una cuestión fonética, sonora; la forma atraviesa siempre al contenido.
Las palabras y los sentimientos se entremezclan , se confunden (¿hasta dónde un sentimiento es tal antes de ser modelado en el discurso?) y este proceso no deja, no puede dejar de lado una dimensión corporal, orgánica. Entretanto, el lenguaje, como mediador en nuestro contacto con el mundo y con los otros, nos recubre, es una piel, y tiene como ella, implicaciones mucho más íntimas. No olvidemos que el contacto piel a piel, aunque en principio superficial, tiene efectos en lo más profundo de nuestro ser. Las palabras, el cuerpo, las emociones en el fondo no son algo tan distinto.
Aprender un idioma tiene algo de viaje, y es que se hace necesario, imprescindible empezar a mirar el mundo desde otro lugar, poner en juego nuestra subjetividad, nuestra percepción. Para hacer propio lo ajeno a veces no hay mas opción que convertirse en Otro. Disfrazarse por un momento de argentino, de English, brasileiro, aprender a vincularnos con el mundo como si lo fuésemos, es vivir de viaje, entre dos mundos (o tres, o cuatro). Con años de estudio de a poco tomamos conciencia de que el intento de apropiarse de un idioma nunca es completo, se vive intentando. Tratar de captar los sonidos y un determinado ritmo al hablar, adueñarse de nuevos sentidos, de palabras que nacieron para dar cuenta de ciertos objetos en ciertos espacios, que no son nuestros, dejarlos enraizar a fuerza de leer, de escribir. Extrañarnos frente a la distancia (¿as safe as houses? ¿as pretty as a picture?). Y sentir en carne propia que, cuando se trata de distintos idiomas, aún hablar de lo mismo usando equivalencias técnicamente aceptadas por el diccionario, nunca es igual.

Ensayo final: Proceso de escritura

“... de a poco me iba dando cuenta de las similitudes que encontraba entre la mirada del viajero y la del traductor. En el diario de Bridges y en los relatos de viajeros que yo sacaba de la biblioteca familiar a la noche, cuando todos dormían, encontraba la misma batalla con las lenguas, la necesidad de manejar la tensión entre la lucidez y la ignorancia del foráneo, la distancia, la comodidad en el extrañamiento. Incluso los atributos de espía: la jactancia del secreto entrevisto, el grado último de la soledad que implica el pasaje permanente entre dos mundos, la codicia que genera el trayecto. En el relato del viajero en tierra extranjera yo encontraba los recursos, los tormentos y los goces del traductor en su viaje a la lengua extranjera”. En cuanto descubrí esta frase de María Sonia Cristoff en la sección de Citas sobre Viaje del Cuadernillo Viaje y Escritura supe que en mi ensayo final quería escribir sobre los idiomas. Terminé de confirmar ese impulso cuando leí las reflexiones de María Negroni al respecto de este tema en “Ir volver/ de un adónde a un adónde”. Desde entonces, me encontré dándole vueltas al asunto en los lugares y momentos más insólitos: en el colectivo, al bañarme, antes de irme a dormir.
Este proceso de escritura es distinto al del primer cuatrimestre. En aquel caso, se trataba de una suerte de diario que daba a cuenta del día a día de mi escritura. Éste, escrito en unas horas, no lo es. Pero tampoco lo podría ser porque remontarme al verdadero inicio de mi interés por la cuestión implica ir bastante atrás en el tiempo.
La elección del tema me es muy cercana porque siento una profunda pasión por las lenguas extranjeras y, desde hace dos años, trabajo dando clases de inglés en escuelas de idiomas. Estudié inglés durante diez años y aprendo portugués hace ya dos años y medio. En mi rutina cotidiana estoy constantemente en contacto con otros idiomas (sobre todo con el inglés), pasando de uno a otro al preparar las clases, corregir composiciones o exámenes o al estar en contacto con mis alumnos.
Específicamente en relación con el inglés, los años de estudio me han permitido tomar conciencia de lo mucho que me falta por saber. Cuando recién se comienza a aprender un idioma, pese a que el conocimiento de uno sea muy limitado, se tiene la sensación de que el proceso tiene algún punto final. Pero al profundizar más y más, nos vamos dando cuenta (y esto ya lo hablé con otros en una situación similar) de que siempre queda mucho por conocer, que siempre hay expresiones idiomáticas, phrasal verbs, o vocabulario en general que se nos escapa; nunca terminamos de aprender una lengua, ni siquiera la materna. Pero al estudiar un idioma extranjero, existe una segunda complicación que tiene que ver con cuestiones culturales: además de la complejidad intrínseca de la gramática o la infinidad de vocabulario, todo esto hace referencia un universo que no es el nuestro. Eso es algo que siento que se hace presente constantemente, tanto desde mi rol de estudiante como de docente. Por eso me pareció más que interesante reflexionar sobre este tema. ¿Cuán implicada esta la cultura de un determinado lugar (y no sólo la cultura, todo aquello que haga referencia a ese territorio en sí) en la lengua que en él se habla y qué incidencias tiene esto para aquel que decide aprenderla?
Constantemente encuentro ejemplos de esto, de la influencia que tienen elementos como los alimentos, el clima, el paisaje en el inglés o el portugués. Siento que en el aprendizaje de un idioma todo esto se pone muy en juego. Y se trata de cuestiones que nos atraviesan muy profundamente en nuestra subjetividad, porque tomar conciencia de ello en el caso de otras lenguas no lleva a reflexionar sobre la nuestra, y la percepción del mundo que ésta genera en nosotros. Estoy convencida de que, siendo seres simbólicos, que se expresan y significan al mundo a través del lenguaje, su estudio nos involucra en muchos sentidos. Por eso, no se puede aprender un idioma como a sumar o a coser; su estudio implica no sólo aprender a articular palabras extranjeras sino a pensar en otra lengua. No es un mero ejercicio de traducción, sino que uno se ve necesariamente obligado a ejercer transformaciones a nivel del pensamiento, o incluso a sentir como alguien que no es. Creo que aquí se origina el verdadero desafío. Y también, lo que me fascina de los idiomas extranjeros: esta posibilidad de ponerse en contacto con otras realidades.
En síntesis, siento que se trata de un tema sobre el que hay mucho por decir y aquí me siento en condiciones de tomar la palabra. Tuve la posibilidad de leer un borrador del ensayo a uno de mis grupos de estudiantes en nuestra última clase del año, así como a la directora del instituto. Y noté que ellos también se identificaban con la problemática, muy presente en el día a día de cualquier persona que estudie o trabaje con idiomas extranjeros.
Como señala Cristoff, la metáfora de este tipo de aprendizaje como un viaje (aún cuando, como me ocurre a mí en el caso del inglés, nunca se haya tenido la posibilidad de pisar sus tierras de origen) me parece muy válida como punto de partida para la reflexión. Personalmente, me siento una viajera incurable, constantemente tratando de aprehender nuevas palabras mientras veo una película, escucho una canción o al leer un libro; y me confieso, no sin vergüenza, adicta al Longman Dictionary of Contemporary English. Todo esto me permite abordar la escritura del ensayo desde el lugar del gusto o, más bien, la pasión que el asunto despierta en mí. Sin duda, el mejor espacio desde el cual empezar a escribir. Pero me enfrento también a la complicación de poner en palabras estos sentimientos o experiencias tan subjetivas que se ponen en juego, basados en pensamientos aislados que se me ocurren de vez en cuando, aquí o allá. Se trata del difícil proceso de articular estas emociones e ideas sueltas en un todo coherente.
Buscando citas en inglés con respecto al lenguaje, que me sirvieran como ayuda o disparador, encontré la de Barthes que aparece en mi ensayo. Y me gustó muchísimo, porque esa idea del lenguaje como piel retrata claramente la imagen que intento proponer. El lenguaje como mediador en nuestro contacto con el mundo y con otras personas, a un nivel superficial como es el de la piel, pero con repercusiones mucho más íntimas (nadie puede negar que el contacto piel a piel, pese a ser en principio superficial, tiene efectos en lo más profundo de nuestro ser). Y buscando traducciones de esa misma cita en distintos idiomas, me encontré también con que me gustaba más cómo sonaba en algunos que en otros, no la sentía exactamente igual. Por eso, finalmente decidí incluir varias versiones, que en parte ilustran la idea final del ensayo, esa de que decir lo mismo en distintas lenguas es siempre diferente.
Estas son algunas de las impresiones y experiencias que, de alguna manera, traté de hacer emerger en el ensayo. Creo que el tema brinda amplio espacio para la reflexión y la intención, en este espacio, es simplemente la de aportar a la discusión proponiendo algunas ideas e interrogantes al respecto.

martes, 25 de noviembre de 2008

Ensayo del ensayo final.

El ensayo todavía está en proceso. Cualquier recomendación o sugerencia es más que bienvenida.

Título??

“A linguagem é uma pele: esfrego minha linguagem no outro. É como se eu tivesse palavras em vez de dedos, ou dedos na ponta das palavras. Minha linguagem treme de desejo.”

“Language is a skin: I rub my language against the other. It is as if I had words instead of fingers, or fingers at the tip of my words. My language trembles with desire.”

"El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo.”
Roland Barthes, “Fragmentos de un discurso amoroso”

Las palabras tienen algo mágico, dibujan y atraviesan los objetos, los crean al darles nombre. Nombrar y crear; es que en algún punto, las cosas existen por el sólo hecho de que podamos darles nombre, y si es así, es la lengua la que traza las fronteras de nuestro mundo, es la que dibuja el límite dentro del cual se desenvuelve nuestra experiencia. Nombrar, crear, limitar.
A veces, aprendiendo una lengua extranjera, tenemos la posibilidad de atisbar esto por un momento; encontramos que de golpe una palabra ajena, foránea dibuja, inventa, en un mismo movimiento, una sensación, un elemento que hasta ese momento nunca habíamos podido poner en palabras. O al contrario, encontramos que aquello que buscamos capturar con el lenguaje ha quedado por fuera de las fronteras de ese nuevo idioma. ¿De qué manera nos limita y qué puertas abre el internarse en los caminos de una nueva lengua?
Nos inscribimos en un curso de idiomas, imaginando vagamente que allí adquiriremos una destreza instrumental, como quien aprende a sumar o a separar en sílabas, que nos apropiaremos de una herramienta como cualquier otra, nuestra, nuestra, a nuestro servicio. No entendemos, no alcanzamos a imaginar el poder de las palabras, es que quizás es imposible servirse de ellas, nos trascienden, nos atraviesan, nos impregnan de otros mundos y otras tierras y otros ruidos y otras percepciones y otros, otros, otros. ¿Las palabras son nuestras?
Las palabras dibujan, localizan, demarcan, delimitan al mundo pero lo hacen desde una perspectiva, desde una mirada que es local, que es de alguien, de un tiempo, un espacio, cierta gente. Y esa tierra, sus climas, sus colores, sus sabores, su paisaje, su música penetran, se infiltran profundamente y de distintas maneras en los sonidos, la cadencia de un idioma. Cada lengua con su ritmo; el portugués, por ejemplo y sus vocales y vocales y ese shhhh, ese chhhh, como de lluvia (olha como a chuva cai e molha a folha aquí na telha, faz um som assim, assim), con su nasalidad africana (feijão, melão, pinhão, mamão), con sus s y z vibrantes, sus erres roncas (como a aranha arranha a rã?).
Pero las palabras no son solamente sonidos, también hay escritura, intrincados dibujos en el papel, jeroglíficos con una lógica que aprendemos a descifrar y así leemos, descubrimos lo palpable y lo impalpable en esos signos a primera vista tan bobos. Y es que en el fondo, lo que hay en el aprendizaje de una lengua es siempre eso: pasar de escuchar un concierto de ruidos, o ver dibujos enmarañados que miramos como quien mira un paisaje o, mejor, un raro insecto, a encontrar sentidos. Aprender un idioma es aprender a desenredar sentidos engarzados en esos dibujos y sonidos, a interpretar esas palabras que le dan sentido a un mundo que nos da sentido.
Pero el sentido emerge desde alguna parte. Una tierra, una cultura que habla y es hablada con palabras. Unas palabras que hablan a través del tamiz de una cultura y una tierra.
A saudade brasileira, por ejemplo, es según un diccionario español-portugués, nostalgia o añoranza, lembrança nostálgica e, ao mesmo tempo, suave, de pessoas ou coisas distantes ou extintas. Pero no, nuestra nostalgia tiene gusto a tango o a tarde de lluvia, nuestra nostalgia es triste y de bandoneón, la saudade brasileira es otra cosa. O samba é pai do prazer, o samba é filho da dor, a saudade se canta, pero con alegría y en esa transformación del dolor en placer (o grande poder transformador) a saudade definitivamente no es nostalgia, sino alguna otra cosa que no hay cómo circunscribir en castellano. Las palabras y los límites.
El inglés, por su parte sufre (o goza) de una fijación por las onomatopeyas, las palabras imitan constantemente sonidos del mundo real y concreto. The phone rings, the cars crash, a knock at the door, a slap in the face, to boo, to crack, to clap, to spank, to bang, to splash, to squeezze, to cough (en el fondo es tan common sense, so English). Por detrás de esto, una forma (otra) de relacionarse con las cosas y en el mundo. Porque
cough (caf- caf) y tos, aunque en principio hagan referencia a la misma cosa, no son exactamente lo mismo (¿habrá alguna diferencia entre las toses europeas y las nuestras?).
Aprender un idioma tiene algo de viaje, y es que se hace necesario, imprescindible empezar a mirar el mundo desde otro lugar, poner en juego nuestra subjetividad, nuestra percepción. Para hacer propio lo ajeno a veces no hay mas opción que convertirse en Otro. Disfrazarse por un momento de argentino, de English, brasileiro, aprender a vincularnos con el mundo como si lo fuésemos, es vivir de viaje, entre dos mundos (o tres, o cuatro). Con años de estudio de a poco tomamos conciencia de que el intento de apropiarse de un idioma nunca es completo, se vive intentando. Tratar de captar los sonidos y cierto ritmo al hablar, adueñarse de nuevos sentidos, de palabras que nacieron para dar cuenta ciertos objetos en ciertos espacios, que no son nuestros, dejarlos enraizar a fuerza de leer, de escribir. Extrañarnos frente a la distancia (¿as safe as houses? ¿as pretty as a picture?). Y sentir en carne propia que aún hablar de lo mismo usando equivalencias técnicamente aceptadas por el diccionario, nunca es lo mismo.

lunes, 27 de octubre de 2008

Arte y propiedad privada

Esta obra es mía, tuya, nuestra

El arte y la polifonía, la intertextualidad, la cita directa e indirecta, el homenaje, el reciclaje, el collage, el bricollage, la mezcla, la hibridez.
La propiedad privada parece estar más vinculada a los objetos que a la producción artística. Esa actitud casi infantil, posesiva de aferrarse desesperadamente a un libro, cuadro, pieza musical o lo que fuere, clamando con desesperación “Esta obra es mía, mía y sólo mía” merece ser al menos repensada. Los límites entre lo propio y ajeno se desdibujan y pareciera que, en oposición a lo que ocurre en la sociedad, es posible observar una tendencia en las artes donde lo tuyo es un poco mío y lo mío es en parte tuyo.
Esto se manifiesta especialmente hoy en día, cuando fenómenos como la intertextualidad, el reciclaje, el collage parecen cada vez más vigentes. Los discursos van y vienen, entran y salen, aparecen y reaparecen en nuevas manifestaciones, a veces en formas más explícitas, otras de manera encubierta.
Los productos artísticos se recuerdan, citan y repiten mutuamente y en forma constante. Esto quizás haya sido más naturalizado en el ámbito de la pintura, la música o los lenguajes audiovisuales que en la literatura. El remix en la música, las transposiciones (del teatro, el libro o la historieta al cine y viceversa), las versiones en el cine y artes plásticas resultan cada día más frecuentes y son vistas con creciente naturalidad. En forma instintiva tendemos a admitir que en todos esos casos, la obra retomada y reactualizada no es exactamente la misma: se reduce, hincha, aplasta, deforma y salpica de nuevas tonalidades al aparecer resignificada en un contexto diferente, produciendo nuevos sentidos.
Roy Lichtenstein pintó versiones pop de cuadros de Van Gogh y Picasso y referirse a ellas con conceptos como robo o plagio parece ser absurdo, cuando las marcas del estilo de este artista se hayan tan presentes transformando la habitación de Van Gogh y la pecera de Picasso en otras parecidas y a la vez inmensamente distintas y lichtensteinianas. Cuando nos hablan tan claramente de una nueva obra artística que hace sentido en relación con las anteriores y lleva a que aquellas ya no puedan ser leídas de la misma manera. Todos estos fenómenos son habituales en nuestra cotidianeidad y parecen ser inseparables de la producción social de sentido.
Las leyes que regulan aspectos de la propiedad intelectual, sin embargo, parecen obligar a trazar alguna delimitación en un ámbito en que no la hay, a decir “aquí hay plagio y ahí no”, y así comienza la controversia. Hay que comenzar por admitir que, en el arte, el criterio de demarcación no podrá ser el mismo que en otros ámbitos, porque los productos artísticos, por el sólo hecho de ser tales, dialogan en forma constante e inevitable. Pareciera que la única versión indiscutible del plagio sería un caso extremo: tomar una obra ajena y, sin modificar un línea, nota, plano o pincelada, colocarle una etiqueta con nuestro nombre. En todos los demás, no quedará otra opción que dejar espacio al debate y reconsiderar seriamente si no estamos frente a nuevas formas de expresión artística.

lunes, 13 de octubre de 2008

Educación universitaria gratuita: ¿arancel o barbarie?

A principios del mes de Septiembre, grupos de estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA decidieron llevar a cabo una toma de las tres sedes que la componen. ¿El motivo? Demandaban la firma de los pliegos de la licitación para que continuaran las obras en el futuro Edificio Único, ubicado en el barrio de Constitución. Actualmente, sólo está en funcionamiento la planta baja, destinada a actividades de posgrado y la carrera de Trabajo Social, pero, tras la finalización de las obras, el nuevo edificio deberá albergar la totalidad de los estudiantes de las cinco carreras que se dictan en la facultad.
La paralización de la construcción del nuevo edificio, así como el serio deterioro de las condiciones edilicias en las sedes que están en funcionamiento, ponen en el centro el debate la eterna cuestión de la gratuidad de la enseñanza universitaria.
Muchas veces se afirma que, bajo tal régimen, son “los pobres” quien pagan los estudios de “los ricos”. En primer lugar, esta construcción de “los pobres” en oposición a “los ricos” es reduccionista y, al menos, difusa. ¿Bajo que criterios podemos considerar que un individuo es “pobre” o “rico”? Estos términos, etiquetas arbitrarias, parecen aludir polarización de los habitantes en dos grupos, blanco y negro: se es mendigo o una suerte de Ricky Ricón. Suelen abundar, en cambio, diferentes tonalidades de gris. Muchos estudiantes que concurren a la UBA nunca serían etiquetados como “pobres” por ninguna encuesta de hogares y, sin embargo, son incapaces de afrontar los gastos de una universidad privada de buen nivel. Vale la pena entonces reflexionar sobre los límites de la cuantificación y la “etiquetación”.
La pobreza es un concepto complejo, difícil de definir. Podría acordarse que “los pobres” son aquellos cuya escasez de recursos les impide acceder a la satisfacción de necesidades físicas y psíquicas básicas, tales como la alimentación, agua potable, vivienda, educación o asistencia sanitaria. Esto puede ser válido para muchos países, aunque en la Argentina se haría necesario introducir modificaciones en esta definición, porque aquí aún aquellos sin los recursos necesarios tienen la posibilidad de atenderse en hospitales públicos y recibir educación primaria, secundaria e incluso universitaria en forma “gratuita”.
¿Dije gratuita? Por supuesto que esto no es totalmente cierto. En realidad, sabemos que son los propios ciudadanos quienes hacen frente a los gastos de la educación, a través de sus impuestos. Si efectivamente son aquellos de menores ingresos quienes aportan la mayor parte de los recursos, esto es en realidad causado por una estructura tributaria regresiva, donde tienen un importante peso los impuestos indirectos, que gravan el consumo. Una modificación que introdujera, en cambio, impuestos progresivos, crecientes en relación a los ingresos, aseguraría una distribución más equitativa de los recursos. Una solución que no altera en lo absoluto la posibilidad de la educación universitaria gratuita, que ofrece grandes posibilidades a aquellos incapaces de hacer frente a las cuotas de las instituciones privadas.
Se trata de la oportunidad de estudiar en una universidad de excelente nivel, donde para acceder sólo se necesita el deseo, la voluntad de hacerlo. Una institución independiente, donde no hay clientes que tengan la razón porque a la hora de evaluar a los estudiantes no mandan las leyes del mercado y una buena calificación es directamente proporcional a la dedicación y capacidad de aquel que ha accedido a ella de buena ley. No veo como el cobro de un arancel pudiera beneficiar a los sectores de bajos recursos en lo más mínimo. Por el contrario, lo verdaderamente justo y equitativo sería seguir mejorando la calidad de nuestras instituciones educativas, para que ningún sector se vea excluido de la posibilidad de acceder a educación superior por deficiencias de su formación media.
Muchos de quienes aseguran que la gratuidad de la UBA es insostenible nunca asistieron a ninguna de sus clases. Se basan en imágenes esquemáticas a las que acceden a través de los medios, donde los estudiantes aparecen como una masa de jóvenes resentidos que no hacen más que organizar protestas y eternizar su permanencia en la institución sin concluir nunca sus estudios, desperdiciando tiempo y recursos a diestra y siniestra. Quizás si pasaran por sus aulas, los defensores del arancelamiento entenderían que los medios no reflejan la realidad, sino que construyen una susceptible de aparecer en pantalla, de imprimir en el papel grisáceo, en la que entran en juego sus intereses. No existe tal cosa como la objetividad, ni una realidad clara y unívoca. Paralelamente, la visión prejuiciosa y estereotipada tantas veces promovida por los discursos mediáticos es claramente es desmentida por el prestigio a nivel nacional e internacional con el que cuentan muchos profesional egresados de ésta y otras de nuestras universidades públicas.
Estudiar en la UBA implica hacer frente en forma constante a la burocracia, al deterioro edilicio, a la falta de infraestructura. Se necesita esfuerzo, paciencia, tiempo y mucha constancia. Muchas veces parece que son lo profesores, que trabajan por salarios mínimos, movidos en general el deseo de devolver aquello que la universidad les brindó, los que auténticamente la sostienen. Pero a veces las intenciones no bastan, especialmente cuando se pone en riesgo la integridad física de los estudiantes y del personal
El 28 de agosto, una “viga” o “perfil en L” (las fuentes no se ponen de acuerdo, basta con decir que se trató de parte de la estructura del edificio) se desprendió en una de las sedes de la Facultad de Ciencias Sociales, junto con pedazos de mampostería, cayendo sobre una estudiante que afortunadamente no resultó herida. Frente a esta situación, está de más decir que es imposible quedarse de brazos cruzados.
Más allá de las condiciones de mantenimiento y seguridad básicas en los edificios, que debieran estar aseguradas, en muchas facultades de la UBA actualmente son más que necesarios insumos o recursos tecnológicos que se traducirían en un mejor dictado de clases: desde microscopios hasta cámaras de video, pasando por computadoras, proyectores y sustancias químicas.
La necesidad de mayores partidas presupuestarias es indiscutible. Pero, a la vez, la introducción de un arancel obligatorio no es la solución. El espíritu debe ser el de dar cada día a más personas la posibilidad de contar con una educación de mayor calidad y acceder a una formación profesional de excelencia, lo que sin duda redunda en beneficios para la sociedad en su conjunto. La solución debe ser otra.
Una posibilidad sería la de reconsiderar la distribución de los recursos, en especial el presupuesto que se destina actualmente a educación, teniendo en cuenta las implicaciones que esto tiene en el grado de desarrollo del país. Asimismo, se debería revisar la distribución relativa de partidas a las diferentes facultades, aún dentro de la misma universidad, para asegurar una asignación equitativa. Es injusto que ciertos edificios cuenten con monitores de pantalla plana en tanto otros carezcan de puertas en los baños. Por detrás de estas decisiones, se encuentran sin duda una serie de supuestos, por lo general naturalizados, acerca del aporte que los distintos profesionales en ellas formados podrán realizar a la sociedad, sobre los que se impone la necesidad de reflexionar. ¿Bajo que criterios es legítimo valorizar la formación de doctores por sobre filósofos, o de ingenieros por sobre comunicólogos?
Otra posibilidad que quizás debería considerarse es la de instituir una suerte de bonos contribución, de tipo optativo, a través de los cuales los estudiantes tuvieran la posibilidad de colaborar para la realización de pequeñas reformas en los edificios, mejorar su limpieza y mantenimiento o facilitar la adquisición de los recursos técnicos necesarios. Una administración limpia y honesta de estos recursos, en la que se explicitara claramente en qué se gasta cada centavo, ayudaría a incrementar el entusiasmo y la participación en la propuesta, así como a aliviar parcialmente el ahogo presupuestario de la universidad.
Vale la pena pensar en las políticas educativas en términos de construcción y destrucción. "La educación es una arma de construcción masiva”, afirmó Marjane Satrapi. Cerca de 56.000 estudiantes ingresaron al CBC este año. La supuesta barbarie de la universidad pública, con sus demonios de la gratuidad y el ingreso irrestricto, funciona actualmente como un arma de educación masiva, que no podemos darnos el lujo de desmantelar.